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LAS PYMES NO NECESITAN QUE LAS SALVEN DEL MODELO: NECESITAN QUE DEJEN DE DESTRUIRLAS

opinión por Martín Aveiro – Diputado Nacional

Hay algo que empieza a resultar imposible de disimular en la Argentina: la enorme contradicción entre el relato del éxito económico que sostiene el Gobierno nacional y la realidad que viven todos los días nuestras pequeñas y medianas empresas, los trabajadores y las familias argentinas.

Desde hace casi tres años, el presidente Javier Milei y su ministro de Economía, Luis Caputo, nos vienen anunciando que la Argentina está despegando. Que llegan las inversiones, que el RIGI, que nuevos regímenes de incentivos, que la estabilidad económica y que el país finalmente encontró el camino del crecimiento.

Sin embargo, la realidad parece empeñada en desmentirlos.

Ahora es el propio Gobierno nacional el que anuncia medidas para aliviar la situación de las pymes, incluyendo restricciones a los embargos de ARCA y nuevas herramientas de financiamiento. En Mendoza sucede algo similar: el Gobierno provincial y distintos sectores del oficialismo se disputan el protagonismo de iniciativas destinadas a asistir a las pequeñas y medianas empresas.

Y entonces surge una pregunta inevitable:

Si el modelo económico es tan exitoso, ¿por qué los mismos gobiernos que lo defienden necesitan salir de urgencia a rescatar a quienes deberían estar creciendo gracias a sus políticas?

La respuesta es tan sencilla como preocupante: porque la realidad económica está dejando al descubierto las profundas consecuencias de un modelo que ha castigado a la producción nacional, debilitado el mercado interno y deteriorado las condiciones de vida de millones de argentinos.

Las pymes no están en dificultades por casualidad. Están sufriendo las consecuencias de una política económica que ha reducido el poder adquisitivo de los salarios y las jubilaciones, que ha debilitado el consumo, que ha encarecido los costos de funcionamiento y que ha dejado a miles de empresas sin el mercado necesario para sostener su actividad.

Porque hay una verdad económica elemental que ningún discurso puede modificar: sin salarios dignos no hay consumo; sin consumo no hay ventas; sin ventas no hay producción; y sin producción no hay empleo.

Ese círculo virtuoso, indispensable para cualquier economía que aspire a desarrollarse, está siendo reemplazado por un círculo de deterioro: familias endeudadas, comercios que venden menos, industrias que reducen su actividad, empresas que no pueden cumplir sus obligaciones y trabajadores que pierden sus empleos o tienen cada vez mayores dificultades para conseguir uno.

Desde el Congreso de la Nación venimos advirtiendo sobre esta situación. Por eso presentamos iniciativas vinculadas al desendeudamiento familiar, la recuperación del poder adquisitivo, la defensa de la producción nacional y el fortalecimiento de nuestras pequeñas y medianas empresas.

No se puede hablar seriamente de recuperación económica mientras millones de familias necesitan endeudarse para llegar a fin de mes. Tampoco se puede hablar de crecimiento cuando producir y generar empleo se vuelve cada vez más difícil.

En Mendoza, esta contradicción adquiere una dimensión todavía más preocupante.

El Gobierno provincial ha acompañado políticamente buena parte del rumbo económico nacional. Ha defendido sus principales lineamientos y ha compartido el discurso de que el sacrificio de los argentinos era el camino necesario hacia un futuro mejor.

Pero ahora, frente a las consecuencias concretas sobre nuestro entramado productivo, aparecen proyectos de asistencia a las pymes que terminan reconociendo aquello que durante tanto tiempo se intentó negar.

No alcanza con anunciar créditos cuando las empresas no tienen a quién venderle. No alcanza con suspender embargos cuando el problema de fondo es que la actividad económica no permite pagar las obligaciones. Y no alcanza con ofrecer alivios transitorios cuando las causas de la crisis siguen intactas.

Por supuesto que cualquier medida que permita sostener una empresa, preservar un puesto de trabajo o evitar el cierre de una pyme debe ser considerada positivamente. Nadie que tenga responsabilidad institucional debería oponerse a herramientas que ayuden a quienes producen y trabajan.

Pero sería un grave error confundir esas medidas de emergencia con una verdadera política de desarrollo.

Y hay algo más que debemos decir.

Resulta lamentable que todavía existan sectores de la representación empresarial que se resistan a reconocer el daño que este rumbo económico está provocando sobre sus propios representados.

Muchas cámaras empresariales conocen perfectamente las dificultades de sus asociados. Saben lo que significa sostener una nómina salarial, afrontar impuestos, pagar servicios, financiar capital de trabajo y mantener abiertas las puertas cuando las ventas caen.

Por eso sorprende que, frente a una realidad cada vez más evidente, algunos dirigentes continúen defendiendo un modelo económico que debilita las condiciones necesarias para que sus propias empresas puedan desarrollarse.

Defender a las pymes no puede significar solamente reclamar créditos, beneficios fiscales o facilidades de pago. También exige tener la valentía de cuestionar las decisiones económicas que las están llevando a necesitar esos auxilios.

La Argentina no va a salir adelante solamente con estabilidad financiera, beneficios para grandes inversiones o indicadores macroeconómicos que no se traducen en bienestar.

Necesitamos una economía que vuelva a poner en el centro a la producción, al trabajo, al salario, al comercio, a la industria nacional y a las economías regionales.

Necesitamos que las familias recuperen su capacidad de consumo y que nuestras empresas vuelvan a encontrar oportunidades para crecer, invertir y generar empleo.

Porque el verdadero éxito de un modelo económico no se mide por los anuncios de un ministro ni por la cantidad de veces que un presidente asegura que el país está despegando.

Se mide por la cantidad de empresas que abren, por los puestos de trabajo que se crean, por los salarios que alcanzan y por las familias que pueden vivir dignamente de su esfuerzo.

Y cuando los propios defensores del modelo deben anunciar medidas para evitar que las pymes sean embargadas o cierren sus puertas, ya no alcanza con repetir que todo marcha bien.

Es hora de reconocer que el rumbo económico necesita cambiar.

Porque las pymes argentinas no necesitan que las rescaten permanentemente de las consecuencias de un modelo económico. Necesitan un modelo económico que les permita trabajar, producir, vender y crecer.

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